Hay momentos en la vida en los que dejamos de buscar respuestas afuera y
comenzamos a escucharnos profundamente por dentro.
Después de caminar, aprender, equivocarme, amar, perder, comenzar de
nuevo y atravesar diferentes etapas, hoy puedo mirar mi vida con otros ojos.
Y puedo decir que he recordado algo esencial:
Mi vida me pertenece y yo
soy responsable de mi propio viaje en la Tierra.
Esto no significa que tenga que hacerlo todo sola. Significa comprender
que nadie puede vivir mi vida por mí, tomar mis decisiones, sanar mi historia
ni elegir el camino que deseo recorrer.
Puedo recibir amor. Puedo aceptar ayuda. Puedo dejarme acompañar.
Pero la responsabilidad de mi vida sigue siendo mía.
Soy responsable de mi camino
He comprendido que soy la única responsable de mi viaje en esta Tierra.
Durante mucho tiempo podemos asumir responsabilidades, emociones,
conflictos o papeles que realmente no nos corresponden. A veces lo hacemos por
amor, por miedo, por costumbre o por lealtades que ni siquiera reconocemos.
Podemos intentar salvar a otros mientras nos olvidamos de nosotros
mismos.
Hoy elijo observarlo.
No necesito salvar a todos.
No necesito resolverlo todo.
No necesito cargar con aquello que pertenece a otros.
Puedo amar profundamente a las personas y, al mismo tiempo, permitirles
vivir su propio proceso.
Cada ser humano tiene su camino, sus decisiones y sus propias
experiencias que atravesar.
Yo respeto el camino de
los demás y me hago responsable del mío.
Soy dueña de mi aquí y ahora
El pasado forma parte de mi historia, pero no tiene que dirigir mi
presente.
No puedo regresar para cambiar lo que ocurrió.
Tampoco puedo controlar lo que todavía no ha sucedido.
Lo único que realmente tengo es este momento.
Mi aquí y ahora.
Por eso elijo estar presente en mi propia vida.
Escucharme.
Observarme.
Conocerme.
Preguntarme qué necesito.
Reconocer qué quiero transformar.
Y decidir qué clase de persona deseo seguir construyendo.
Ya no quiero vivir únicamente preguntándome quién soy.
Hoy quiero hacerme una pregunta diferente:
¿En quién me estoy
convirtiendo?
Porque reconocer quién soy es apenas el comienzo.
Lo verdaderamente importante es cómo estoy eligiendo vivir.
Nadie puede salvarme, porque mi vida comienza conmigo
He comprendido que esperar que alguien venga a salvarme puede hacer que
entregue a otros un poder que me corresponde.
Nadie puede hacer por mí el trabajo de conocerme, aceptarme, perdonarme
y transformar aquello que ya no deseo conservar.
Puedo ser acompañada.
Puedo ser amada.
Puedo recibir ayuda.
Pero nadie puede caminar por mí.
Yo me responsabilizo de mí misma.
Me hago responsable de mis decisiones, de mis acciones, de la manera en
que respondo ante la vida y de los cambios que deseo realizar.
No desde la culpa.
Desde la consciencia.
No desde el miedo.
Desde el amor.
Me honro y me perdono
También estoy aprendiendo a tener una relación diferente conmigo.
Honro mi historia, incluso aquellas partes que todavía me cuesta
comprender.
Honro a la mujer que fui, porque hizo lo que pudo con las herramientas
que tenía en cada momento.
Me perdono por las veces que no supe hacerlo mejor.
Me perdono por haberme exigido demasiado.
Me perdono por las veces que no me escuché cuando mi interior ya me estaba
hablando.
Me perdono por haber permitido situaciones que hoy comprendo de otra manera.
Y, sobre todo, dejo de utilizar mi pasado como una razón para
castigarme.
No necesito ser perfecta
para merecer amor.
Necesito ser honesta conmigo.
Aceptar no significa resignarse
Estoy aprendiendo que aceptar aquello que no me gusta de mí no significa
quedarme para siempre en ese lugar.
Aceptar es mirar con honestidad.
Esto existe en mí.
Esto me duele.
Esto ya no me representa.
Esto quiero cambiarlo.
Y entonces comenzar, poco a poco, a realizar los cambios que deseo ver
en mi vida.
No desde el rechazo hacia mí misma, sino desde el amor.
Porque transformarme no significa dejar de quererme.
Significa quererme lo
suficiente para crecer.
Honrar a mis ancestros también es soltarlos
En este camino he recordado algo importante: puedo honrar a mis
ancestros sin cargar con sus historias.
Les doy las gracias por la vida que llegó hasta mí.
Gracias por su sabiduría.
Gracias por sus experiencias.
Gracias por todo aquello que, consciente o inconscientemente, contribuyó a que
hoy yo esté aquí.
Comprendo que ellos hicieron lo que correspondía en su tiempo, con las
herramientas, conocimientos y circunstancias que tenían.
Y hoy puedo decir:
Gracias por lo que me dieron.
Gracias por lo que aprendí de ustedes.
Gracias por la vida.
Y ahora los suelto con gratitud.
No necesito repetir sus historias para demostrarles amor.
No necesito cargar con aquello que les perteneció.
Con consciencia y responsabilidad, tomo aquello que me corresponde y
dejo atrás aquello que no.
Ellos tienen su camino.
Yo tengo el mío.
Y hoy me hago cargo de mí.
De mi vida.
De mis decisiones.
De mi presente.
De la mujer que estoy eligiendo ser.
Estoy creando mi más bella realidad
Hoy reconozco mi presente como un espacio sagrado de creación.
No necesito crear una vida perfecta.
Quiero crear mi más bella realidad siendo quien soy y habitando plenamente
quien soy.
Con mis luces.
Con mis sombras.
Con mis aprendizajes.
Con todo aquello que todavía estoy transformando.
Mis miedos, mis egos y mis temores también fueron maestros.
Me enseñaron grandes lecciones.
Me mostraron heridas, límites, necesidades y caminos que necesitaba comprender.
Pero hoy no necesito seguir viviendo gobernada por ellos.
Los agradezco por lo que me enseñaron y los suelto.
Porque elijo habitarme desde un lugar diferente:
desde el amor divino de Dios.
Gracias a todas mis versiones
Hoy también quiero agradecer a todas las versiones de mí que hicieron
posible que yo llegara hasta aquí.
Gracias a la niña que fui.
Gracias a la adolescente que aprendió.
Gracias a la mujer que se equivocó.
Gracias a la que amó.
Gracias a la que tuvo miedo.
Gracias a la que cayó.
Gracias a la que se levantó.
Gracias a cada versión de mí que alguna vez fui.
No necesito rechazar ninguna de ellas.
Las abrazo.
Las integro.
Las honro.
Y les digo:
Gracias por traerme hasta aquí.
Hoy doy la bienvenida a quien soy.
A esta versión presente de mí.
A la mujer que ya no necesita luchar contra su pasado para poder avanzar.
A la mujer que puede mirar hacia atrás con amor y hacia adelante con
consciencia.
Yo soy todas mis
realidades entrelazadas.
Todo lo vivido forma parte de mi historia, pero hoy tengo la libertad de
elegir qué continúo llevando conmigo.
La que recuerda.
Ahora yo soy la que recuerda.
La que recuerda desde cada dimensión de su existencia.
La que respira en simultáneo en múltiples tiempos.
La que florece en todas las versiones de sí misma.
No estoy fragmentada.
Nunca lo he estado.
Nunca he estado realmente perdida.
Quizás solamente estaba recorriendo caminos que necesitaba recorrer para
volver a reconocerme.
Hoy comprendo que cada experiencia, cada etapa y cada versión de mí han
sido parte de una misma danza.
Soy la danza de mi
consciencia expandida.
Soy el pulso de una vida que se reconoce a sí misma.
Soy un alma que aprende, experimenta, ama, transforma y recuerda.
Y desde esta comprensión ya no necesito buscarme desesperadamente.
Me reconozco.
Estoy aquí.
Estoy presente.
Estoy habitando mi vida.
No nací para sobrevivir
También he comprendido algo que quiero recordar cada día:
No nací para sobrevivir.
Nací para vivir.
Nací para disfrutar al máximo este viaje consciente en la Tierra.
Para experimentar la vida con presencia, amor y gratitud.
Quiero caminar este viaje llena de luz, amor, consciencia,
responsabilidad, abundancia y unión.
No quiero vivir desde el miedo permanente ni desde la necesidad de
controlar todo lo que sucede.
Quiero aprender a disfrutar de lo sencillo.
Agradecer lo que tengo.
Cuidar lo que amo.
Y estar presente en cada experiencia.
He venido a recordar que soy un ser de luz.
Y que esa luz no está separada de mi humanidad.
Está en mi forma de mirar, de amar, de hablar, de actuar, de perdonar,
de aprender y de elegir.
Soy un ser de luz habitando esta figura humana, viviendo una experiencia
única e irrepetible.
Y hoy elijo habitar este cuerpo, esta vida y esta historia con gratitud.
No necesito ser otra persona para comenzar a brillar.
Necesito recordar la luz que ya existe en mí y permitir que se exprese a través
de la mujer que estoy eligiendo ser.
No estoy aquí únicamente
para pasar por la vida.
Estoy aquí para vivirla conscientemente.
Para amar.
Para aprender.
Para crecer.
Para compartir.
Para disfrutar.
Para servir.
Para crear.
Para agradecer.
Y para recordar, cada día, quién soy y en quién me estoy convirtiendo.
Y sobre todo, doy gracias
En medio de todo lo que todavía estoy aprendiendo, hay algo que
permanece firme en mí: Dios.
Doy gracias porque, aun en los días difíciles, Dios me concede un día
más.
Un día más para aprender.
Un día más para amar.
Un día más para corregir.
Un día más para comenzar.
Un día más para servir.
Un día más para brillar.
No necesito saber exactamente qué traerá mañana.
Hoy tengo este día.
Y lo recibo como un regalo.
Confío en que Dios camina conmigo, incluso cuando no comprendo el
camino.
Por eso agradezco.
Gracias, Dios, por
regalarme un día más para brillar.
Este es mi nuevo comienzo
Hoy no quiero prometerme que nunca volveré a equivocarme.
Quiero prometerme algo más real:
Que voy a volver a mí cada vez que me pierda.
Voy a escucharme.
Voy a asumir la responsabilidad de mi vida.
Voy a soltar los papeles que no me corresponden.
Voy a dejar de vivir desde lealtades inconscientes.
Voy a honrar a quienes estuvieron antes de mí sin cargar con sus historias.
Voy a perdonarme.
Voy a aceptar mi historia mientras sigo trabajando por aquello en lo que quiero
convertirme.
Voy a cuidar mi presente.
Voy a amar sin perderme.
Voy a caminar acompañada sin entregar a otros la responsabilidad de mi camino.
Y cada mañana, al despertar, recordaré que tengo una nueva oportunidad.
Porque quizá despertar interiormente no significa descubrir que somos
alguien completamente diferente.
Quizá significa recordar lo esencial que siempre estuvo dentro de
nosotros y comenzar a vivir desde ahí.
Soy unidad con el todo:
Y hoy también recuerdo que no estoy separada.
Soy parte de algo mucho más grande que yo.
Estoy integrada con la Tierra, con la naturaleza, con los seres vivos y
con todo lo que existe.
Puedo sentir que la Tierra también tiene su propio ritmo, su propia vida
y su propio latido.
Cuando me conecto con ella, cuando observo la naturaleza, cuando respiro
conscientemente y cuando estoy verdaderamente presente, puedo sentir esa
conexión profunda que nos une.
Comprendo que no estamos aislados.
La vida se expresa de muchas formas, pero existe una conexión que nos
atraviesa a todos.
Somos parte de la misma existencia.
Soy Tierra.
Soy vida.
Soy consciencia.
Soy parte del todo.
Y desde esa comprensión ya no quiero vivir sintiéndome separada.
Quiero vivir recordando que cada pensamiento, cada palabra, cada
decisión y cada acto de amor también forman parte de esta gran red de vida.
Hoy agradezco pertenecer a ella.
Agradezco mi cuerpo.
Mi respiración.
La Tierra que piso.
El aire que respiro.
El agua que me sostiene.
Los seres que me acompañan.
Y cada forma de vida que comparte este viaje conmigo.
No estoy separada.
Estoy integrada.
Estoy conectada.
Soy parte del todo.
Y quizá despertar interiormente sea precisamente eso:
Recordar que nunca estuvimos separados de la vida; simplemente habíamos
olvidado sentir nuestra conexión con ella.
Hoy la recuerdo.
La siento.
La honro.
Y la vivo con gratitud.
Soy unidad con el todo.
Soy una expresión de la vida.
Soy luz habitando una forma humana.
Soy responsable de mi propio camino.
Soy todas mis versiones entrelazadas.
Y agradezco profundamente el privilegio de estar aquí.
Una última pregunta para llevar contigo:
Después de todo lo que has leído, quizás no
sea necesario encontrar una respuesta inmediata.
Tal vez solamente sea necesario detenerte un momento, respirar y preguntarte:
Si mi vida me pertenece, si este momento es mío y si hoy tengo la oportunidad
de elegir…
¿En quién me estoy convirtiendo?
Escúchalo con tu corazón abierto.
Por: Urania Morales Franky