Durante mucho tiempo, sentí que había
algo en mí que se detenía justo en el pecho cada vez que quería decir algo que
no me gustaba. No era falta de palabras… era algo más profundo.
Era un nudo invisible entre lo que
sentía y lo que me permitía expresar. Aprendí a ser cuidadosa, a no incomodar,
a medir cada palabra pensando en cómo la otra persona la recibiría.
Y aunque eso parecía amor… muchas veces era silencio disfrazado de armonía. Mi cuerpo lo sabía. Siempre lo supo. Ese dolor en el pecho no era debilidad, era una señal. Una memoria guardada en mí que susurraba: “expresarte no es seguro”. Y así crecí… siendo amorosa con otros, pero muchas veces olvidándome de mí.
El origen de mi silencio:
Nací en el norte de Colombia, en La
Guajira, entre Mayapo y El Pájaro. Llegué a esta vida a través de una madre
wayuu, dentro de una comunidad indígena, y de un padre arijuna, un hombre blanco de ojos azules que pertenecía a otro
mundo, a otra forma de ver la vida.
Mis primeros años transcurrieron en ese contraste silencioso. Estuve hasta los 5 años dentro de la comunidad indígena, siendo criada por mis abuelos maternos, rodeada de una cultura ancestral, profunda y conectada con la tierra.
Mi padre aparecía de manera
esporádica, como una presencia lejana pero significativa. Durante ese tiempo,
el silencio fue mi lenguaje. No hablaba.
No porque no pudiera, sino porque algo
en mí elegía observar antes que expresar. Mientras otros veían ausencia de voz,
hoy comprendo que en mí habitaba una presencia profunda.
Una forma sensible de percibir, de
sentir, de comprender el mundo antes de nombrarlo. Y aunque nací en el
desierto, también reconozco que el desierto guarda una enseñanza silenciosa.
El desierto se caracteriza por ese
silencio profundo… un silencio que, cuando todo está en calma, lo envuelve
todo.
En la noche, ese silencio se vuelve
aún más claro, más presente. Es ahí donde realmente puedes escucharte. Es ahí
donde puedes estar contigo… sin distracciones, sin ruido, solo siendo.
Tal vez mi silencio también fue eso: un espacio interno donde aprendía a encontrarme antes de expresarme.
Escuchar mi cuerpo fue el inicio:
Un día decidí no huir más de esa
sensación en el pecho. No taparla, no ignorarla, no seguir postergándome. La
sentí. Respiré profundamente y me quedé ahí… presente.
Sin juzgarme. Sin exigirme. Y en medio
de esa incomodidad, elegí algo diferente: no reaccionar, sino responder desde
el amor consciente que habita en mí.
No desde el miedo.
No desde el ego.
No desde la necesidad de tener la
razón. Solo desde la verdad.
Una nueva forma de habitar mi cuerpo y
mi voz:
Ese día escribí lo que sentía. No fue
un reclamo. No fue un ataque. Fue una reflexión clara, honesta y respetuosa. Pero
esta vez hubo algo distinto:
yo también estaba incluida en esa
verdad. Porque comprendí que expresarme con amor no significa desaparecer para
cuidar al otro. Significa honrarme mientras cuido la forma en que comunico.
No necesito ser grosera para ser clara. No necesito callar para ser buena. Puedo ser suave y firme. Amorosa y verdadera. Consciente y auténtica. Y cuando mi cuerpo tiembla, ya no lo rechazo. Lo observo. Respiro. Y desde la calma mental de mi centro interior, puedo hablarme con amor.
Mi cuerpo también está aprendiendo:
Aún hay momentos en los que mi pecho
se aprieta. En los que el cuerpo recuerda lo antiguo. En los que la voz interna
duda. Pero ahora lo comprendo de otra manera. No es un retroceso… es mi cuerpo
aprendiendo un nuevo camino.
Cada vez que me expreso desde la
verdad, le enseño que estoy a salvo siendo quien soy. Y poco a poco, ese dolor
se transforma. Se suaviza. Se vuelve más consciente… más libre.
Hoy me elijo:
Hoy ya no quiero evitar incomodar si
eso significa abandonarme. Hoy elijo expresarme con amor, pero también con
verdad.
Honro a la niña que habitó el
silencio, y abrazo a la mujer que hoy se permite hablar. Porque mi voz también
es parte de mi esencia. Porque lo que siento importa. Porque yo también merezco
ser escuchada… por mí y por el mundo.
Afirmación: